Rodrigo Paz Pereira fue elegido presidente de Bolivia con el 54,4% de los votos, frente al 45,5% de Jorge “Tuto” Quiroga, según los datos oficiales del Sirepre en la jornada electoral más polarizada de la última década, celebrada este domingo en todo el país. Paz, acompañado por Edman Lara, supo conectar con el votante promedio, mientras Tuto, junto a Juan Pablo Velasco, apostó por una imagen de élite desconectada del sentir popular. Un cambio de ciclo político donde lo nuevo, lo diverso y lo cotidiano derrotaron al discurso clásico y tecnocrático de la vieja guardia.
La estrategia de Rodrigo Paz: ganar desde la independencia
La victoria de Rodrigo Paz no fue casualidad. Su apuesta electoral nació hace años con una premisa: caminar solo, sin alianzas con la derecha tradicional.
Desconfiando de la “unidad” que nunca se concretó y consciente de que el MAS no se reconciliaría, Paz supo leer el hartazgo popular y reencantar al votante desencantado.
A diferencia de los líderes que pretendieron erigirse en salvadores del país, Paz y su compañero Edman Lara se mostraron como reflejo del ciudadano común: contradictorios, trabajadores y, sobre todo, bolivianos a pie.
Dos binomios, dos Bolivias
Rodrigo Paz y Edman Lara se unieron a pocos días del cierre de candidaturas.
Paz, político con más de 20 años de experiencia, logró proyectar renovación sin negar su linaje histórico. Lara, exoficial de Policía expulsado por denunciar corrupción y abogado autodidacta, aportó autenticidad y un lenguaje directo que resonó en los barrios y redes sociales.
Del otro lado, Tuto Quiroga y Juan Pablo Velasco representaban la otra Bolivia: la aspiracional, la que sueña con Silicon Valley y mira al país desde arriba.
Tuto, con su discurso tecnocrático sobre la libertad y el mercado, no logró conectar con la clase media empobrecida, y su compañero JP Velasco —marcado por viejos tuits y privilegios familiares— terminó reforzando la brecha entre “ellos” y “nosotros”.
Mientras Paz hablaba de trabajar, sufrir y vivir como boliviano, Tuto hablaba de invertir, innovar y privatizar. El electorado eligió al que le entendía sin traductor.
La caída de Tuto: entre la élite y el desencuentro popular
Tuto Quiroga intentó liderar el reordenamiento de la derecha, pero su campaña no logró penetrar en los sectores populares.
Su narrativa basada en la “libertad individual” —y su propuesta de repartir acciones estatales— resultó incomprensible para un país golpeado por la crisis económica.
La campaña negativa, centrada en “sembrar miedo” sobre un supuesto vínculo de Paz con el MAS, fracasó. Los memes y la burla digital diluyeron su efectividad.
Además, la presencia de Javier Negre, activista de la ultraderecha española, y la cercanía de Fernando Cerimedo, estratega argentino vinculado al populismo digital, radicalizaron la campaña de Tuto y alejaron al voto moderado.
Paz y Lara: lo que somos, no lo que queremos ser
La fórmula ganadora entendió algo esencial: el votante no busca ídolos, busca espejos.
Edman Lara —“el capitán que habla como el pueblo”— se convirtió en el rostro emocional de la campaña, defendiendo a un Rodrigo Paz que supo mantenerse centrado, sin romper con su herencia socialdemócrata.
Su lema no oficial fue claro: “Ser, pensar y hablar como boliviano”.
En contraste, Tuto y JP ofrecieron un país idealizado, donde los problemas reales parecían anecdóticos frente a sus discursos de Excel y macroeconomía.
Los tres momentos que decidieron la elección
- “Si no cumple, lo saco”
Lara desafió públicamente a su propio compañero a rendir cuentas ante el pueblo. Lejos de restar, su tono frontal reforzó la confianza popular y evidenció pluralidad dentro del binomio. - “Matarlos a todos”
Los viejos tuits racistas de JP Velasco explotaron en redes. La negación y posterior eliminación de la cuenta profundizó el daño y reforzó la idea de desconexión con la realidad nacional. - “Presidente Arce, le ordeno”
En el debate final, Rodrigo Paz se vistió de presidente antes de serlo, desafiando al gobierno con tono firme mientras Tuto se perdía entre cifras macroeconómicas.
Fue el golpe final: el contraste entre el líder que actúa y el político que explica.






